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Testimonio de Karla

 Crecí en un hogar lleno de violencia. Mi único recuerdo de mi padre es verlo golpear y gritarle a mi madre. Nunca recibí un abrazo ni escuché un "te quiero" de mis padres.  


Un día, mi papá simplemente no volvió. Nos abandonó. Mi madre cayó en una profunda depresión, descuidó todo y perdimos la casa en la que vivíamos. Para que no perdiéramos el año escolar, mi mamá decidió llevar a mi hermana mayor con unos tíos, pero a mí me dejó con unos vecinos. 


Ahí comenzó mi infierno. El esposo de la vecina entraba en las noches al cuarto donde yo dormía con sus hijas. Yo tenía solo 11 años. Él nos tocaba, ponía su cuerpo sobre el mío y lo frotaba. Sentía terror. No podía moverme Solo lloraba en silencio.  


Esto se repitió muchas veces, y nunca pude decir nada. Después de seis meses, mi mamá nos llevó a casa de mi abuela. Pensé que por fin estaría segura, pero estaba equivocada. Una noche, el esposo de una tía entró en mi cama y comenzó a tocarme.  


Entre lágrimas, le dije que le contaría a mi tía. Él me tapó la boca y me susurró que ella no me creería. Y yo le creí. Nunca hablé. 


Mi abuela también nos maltrataba y humillaba. Nos decía que teníamos que pagar por estar ahí y por la comida que nos daba. 


Pasaron dos años. Yo tenía 14 cuando conocí al padre de mis hijos. Me invitó a vivir con él, y yo pensé que era mi salida, mi oportunidad de tener una mejor vida. Pero nada más lejos de la realidad.   

Mi infierno continuó.  


Con el tiempo, él empezó a gritarme y a golpearme. Y yo pensaba: 

"Tal vez esto es normal. Así viví con mis padres." 


Pasaron los años, y tuve a mis dos hijos.  

Un día, mientras él me golpeaba, mi hijo menor, con solo 4 años, entró con un palo en la mano para defenderme. Le gritaba a su papá que no me pegara. En ese momento, mi corazón se rompió. 

"¿Qué estoy haciendo?" pensé.  

¿Cómo un niño de 4 años tenía que defenderme?  

Ahí entendí que mis hijos también estaban sufriendo conmigo. Y tomé la decisión más difícil, pero más importante: separarme.   


Tenía que salir adelante por ellos, así que empecé a trabajar. Con el tiempo, hice amistades que me invitaban a fiestas. Pensé que eso me ayudaría a sanar el dolor que llevaba dentro, pero nada podía curarlo. 


Después de un tiempo, me fui a trabajar a Tijuana. Estuve allí algunos años hasta que tuve la oportunidad de emigrar. Quería darles una mejor vida a mis hijos, pero sin darme cuenta, cada vez me alejaba más de ellos.  


Con el tiempo, conocí a otra pareja. Él era cristiano y me presentó el evangelio. Acepté a Cristo en mi corazón, empezamos a asistir a la iglesia y a estudiar la Biblia. 


Todo parecía ir bien hasta que un día, Dios me mostró que algo pasaba entre mi pareja y otra persona del grupo al que asistíamos. Lo confronté, y no pudo negarlo. Fue otro golpe para mí.   


Pero yo estaba en mi primer amor con Dios, así que decidí perdonarlo.  

Dos años después, descubrí otra infidelidad, esta vez con una ex. Lo perdoné de nuevo, creyendo que cambiaría. Pero después de otros dos años, me enteré de que había embarazado a otra mujer.   

Ahí entendí que ya no podía seguir en ese ciclo.  


Con mucho dolor, decidí alejarme de él.  

Seguí buscando a Dios, pidiéndole que sanara mi corazón. Sentía que con mis propias fuerzas no podía más.  


Había escuchado sobre un programa en la iglesia llamado "Celebremos la Recuperación", 

pero no le di importancia. Un día, alguien me invitó, y mi primera reacción fue:  


Ese programa no es para mí. Yo no tengo adicciones.

Pero algo en mí me impulsó a asistir.  

Fue ahí donde Dios me mostró todo el resentimiento que llevaba dentro:  

- Resentimiento hacia mi padre por haberme abandonado. 

- Resentimiento hacia las personas que me abusaron. 

- Resentimiento hacia mi abuela por sus humillaciones. 

- Resentimiento hacia el padre de mis hijos por los maltratos. 

- Resentimiento hacia el hombre que me engañó. 

- Resentimiento hacia mí misma por haber dejado a mis hijos.  

Yo pensaba que con solo ir a la iglesia los domingos estaba bien. Pero Dios comenzó a trabajar en mi mente y en mi corazón.  


Me mostró toda la basura que tenía guardada dentro. A través de este programa, Dios rompió mis cadenas.

Hoy puedo decir con certeza: soy libre.   

Estoy aquí para decirte que sí se puede. 

Celebremos la Recuperación funciona si dispones tu corazón y eres 100% honesto contigo mismo.   


Te animo a seguir hasta el final.

Dios te dará la victoria, como lo hizo conmigo.  

 Da el primer paso hoy. No estás solo; un grupo de apoyo está aquí para ayudarte a encontrar esperanza, fortaleza y un nuevo comienzo. 

Nececito Ayuda

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